La Delitocracia

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Para nadie es desconocido; ni es posible ignorarlo, mucho menos negarlo que, entrada la humanidad en el siglo XXI, es decir, que cuando empezamos a registrar las fechas de nuestras vidas en el contexto del nuevo milenio, sin que haya sido minuciosamente perceptible, se empezaron a experimentar los cambios que habían sido mencionados, hasta unas décadas atrás, como parte de las producciones cinematográficas de ciencia ficción.

La raza humana se embarcó en la gran nave de la era tecnológica, con características muy difíciles de imaginar, pero, perfectamente posibles con el desarrollo de la red mundial que, incluso puede tener alcances universales.

Los que, para el 2000, nos encasillábamos en el rango de entre los 40 y 50 años cronológicos, hemos tenido que realizar verdaderos esfuerzos para ponernos a tono con la tecnología y así, mantenernos laboralmente vigentes y no entrar en una caducidad forzada que ha arrasado como un tsunami a los que no se adecuaron a las nuevas formas de comunicación y de adquisición del conocimiento.

Cambios o transformaciones que de una u otra manera; directa o indirectamente; en unos casos más y en otros casos menos, han traído un efecto positivo para el avance de la economía, la medicina, la industria, el comercio, la educación y todas y cada una de las actividades del ser humano.

Pero, al margen de estos cambios positivos, que reflejan el proceso evolutivo al que está convocada la humanidad, se han dado, de forma paralela, otros cambios que no pueden ser considerados como parte del desarrollo y la evolución del ser humano, sino más bien, todo lo contrario. Cambios adversos; retrocesos; involución o, como se lo quiera llamar, son el conjunto de acciones negativas de una nueva camada de personajes que protagonizan el quehacer nacional, especialmente desde el ámbito de la política, la función pública y la comunicación procaz.

Cuando a los ecuatorianos se nos habló de la meritocracia, se abrieron las puertas de la esperanza de un escenario mucho mejor para los que se han aplicado de manera esforzada en el pulimento profesional, ético y moral.

Pero, la decepción no tardó mucho en presentarse y empezaron a surgir los bullados casos, en los que la meritocracia tenía connotaciones muy diferentes a las que habíamos presentido los ciudadanos de bien.

Los “pativideos”; el “comecheques”; el caso “Duzac”; “los chalecos”; los “títulos académicos falsos”; las “ambulancias”; los “predios sobrevalorados”. Más adelante, la “narcovalija”; los “secuestros”; las muertes de Gabela, Pazmiño, Valdiviezo, por mencionar los que se vienen a la memoria, son indicadores nefastos de que el mérito no está en hacer las cosas bien, si no en hacer las cosas quebrantando las leyes, violando, engañando y hasta matando.

Esa ralea perniciosa de personajes identificados con el crimen tiene la osadía de postular sus candidaturas para ocupar cargos de elección popular en la legislatura ecuatoriana, vejando y mancillando la majestad del estado ecuatoriano; demostrando que no hay ningún respeto por lo que significa la organización estatal.

Estamos entonces, frente a la ilegítima pretensión de instaurar un gobierno vinculado al delito. Quieren gobernar este país, los delincuentes que no tienen sangre en la cara y que, después que se han descubierto sus fechorías, le proponen al pueblo, la consignación de su voto para encaramarse en la función pública que tape todas sus infracciones y les conceda vía libre para seguir delinquiendo.

En nuestras manos estará el voto que designe a los que ostenten verdaderamente el mérito. Pero, el mérito auténtico de ser hombres o mujeres con honestidad, capacidad y honorabilidad para que no se entronice la DELITOCRACIA en nuestro querido país.