¿Dónde está el diego?

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La cantidad de referencias e información en torno a la muerte de Diego Armando Maradona, y el impacto que este acontecimiento ha causado en millones de personas que sienten, de modo emotivo y profundo su partida, nos lleva a preguntarnos ¿Dónde se encontrará el Diego? ¿En el cielo o en otra parte?

Y es que no se trata de un acontecimiento cualquiera ni de un personaje común. Su presencia en los medios, las noticias que su comportamiento y su figura producían era de tal significación que cientos y miles de fanáticos sentían que se trataba de actitudes que, para su referente emocional más grande, podían ser disculpadas y de hecho lo eran. De ahí que cualquier desaguisado, cualquier toma que lo enfocara desprendido de la realidad y en una nube de humo, cualquier movimiento desacompasado al ritmo de locas melodías,  con el pantaloncillo en las rodillas y en compañía de damas con escaza ropa, era disculpado por quienes lo habían colocado en el altar donde solo permanecen los santos.

Sus increíbles faenas en las canchas lo convirtieron en un prodigio de inalcanzable talla, superior a Alfredo Di Estéfano, a Pelé, a Garrincha. Genio inigualable al que su inmedible y multitudinaria barra lo declaró el más grande, el único, el supremo.

Maradona se inició en Argentinos Junior, estuvo en Boca donde electrizó a su fanaticada, pasó por el Barcelona de España en el que no gozó de gloria; ha sido el gestor de varios hechos dramáticos que, como apoteósicos acontecimientos deportivos, dieron la vuelta al mundo. Sus triunfos en los campeonatos mundiales, su gol con la mano en la Copa del Mundo celebrada en México en 1986, ese pasaje conocido como “La mano de Dios”, su estadía en el Nápoles, entre otras hazañas, dibujaron en la mente y en el alma de las multitudes apasionadas por el futbol una imagen que, elevándose a los altares de la imposición del corazón por sobre la razón y la conciencia, se diseñó con el ropaje de la divinidad, con la sonrisa de la bondad y con la mirada del cariño que su gente lo recibía como el regalo más preciado por parte del ser que había llegado a las alturas y era sentido como propio, como grandioso, como único y hasta como milagroso.

Esa deificación de Maradona choca, cuando se acude a la racionalidad y al equilibrio para interpretarla, con los hechos reales y con lo que hizo este personaje en vida.

Se lo llora en todas partes. Los napolitanos acuden al estadio donde jugó “El Pelusa”, al San Paolo, ponen sus manos en las paredes y, como si fuera una iglesia o una catedral, dejan correr sus lágrimas despidiendo a quien fue su Dios, a quien recuperó el orgullo de esa ciudad despreciada por el norte desarrollado y boyante que la consideró atrasada y la señaló como cuna de una eterna violencia primaria. En un lugar visible, ubicado en una de las calles más visitadas del “Barrio Español”, asoma el retrato del Diego mirando al cielo y desafiando al Señor, como si disputara con él el privilegio de ser la más reconocida divinidad de ese pueblo con hambre.

En ese Nápoles, publicitada por los manuales del turismo y descuidado por la vida, el Diego arribó y su fama se abrió paso para alimentar la poesía, enorgullecer el arte y legitimar, por qué no, el consolidado negocio de la droga, manejado por los capos que no dudaron en reconocerlo como su mimado. Los diarios napolitanos y de otros lugares difundieron las fotos en las que el Diego asoma bebiendo champán con los jefes de la “Camorra” napolitana, loe hermanos Raffaello y Carmine Giuliano. Y claro, para estas personalidades de ese mundo, retratarse con el Diego, la figura de mayor significación del orgullo napolitano, era una forma de elevar su estatura frente a sus agresivos competidores de la “Ndrangheta” calabresa y de la “Cosa Nostra” sicialiana.

En su país, Argentina, la devoción por Maradona llega a alturas inconmensurables. Su fama superó a la de los múltiples valores nacionales que trascendieron en el Continente y el mundo. Ni Borges, Cortázar, Marechal y tantos otros con su literatura, ni Astor Piazzolla con su revolucionaria música, ni las figuras del humorismo como los Les Luthiers, Quino, Fonatarrosa, ni las figuras del deporte como Gabriela Sabatini y Guillermo Vilas, ni valores de la fe como el Papa Francisco, ni las figuras que se asentaron como expresiones del ser nacional argentino como Perón, Evita o el Che Guevara, le disputaron su lugar ubicado en la cima de los altares de la adoración.

La Iglesia Maradoniana de Rosario, la ciudad en que nació Messi, celebra una liturgia semanal en la que se reza: “…Diego nuestro/que estas en las canchas/santificada sea tu zurda/venga a nuestros ojos tu magia/háganse tus goles recordar/así en la tierra como en el cielo…”.

Su porte de mito, y su leyenda entronizada en el corazón de sus seguidores, es, qué duda cabe, el factor dominante en la relación comunicativa entre su imagen y la adoración profesada por sus fanáticos. De ahí que, acontecimientos que podrían ser ubicados como manifestaciones de incoherencia en su actitud y en su comportamiento, como el haber sido admirador de la sangrienta dictadura militar presidida por Videla y haberle servido para lavar su imagen, o como luego haberse alineado a favor de regímenes totalitarios como el de Chávez, Fidel, Maduro, el haberse hecho tatuajes en las piernas y en los brazos con figuras de Castro y el Che y el haberse declarado antiimperialista y revolucionario, son hechos que ni siquiera influyen en esa adoración que le profesan quienes lo endiosaron.

Por todo ello, nuestra pregunta inicial se mantiene ¿Dónde estará Maradona? Y se amplía, luego de haber visto la noticia de que una jugadora de futbol se negó a sumarse a su homenaje hace pocos días por considerarlo abusador y pegador de mujeres, con otro interrogante ¿O en esos lugares donde la vida se cobra con fuego las deudas y las venganzas?