Contra la corriente

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La pandemia, sea forjada o no, ha puesto a prueba absolutamente todo y ha logrado demostrar que, nunca la humanidad estará preparada para un desastre de las magnitudes reveladas por este azote global, ni tampoco para contrarrestar lo que se podría configurar como la perversidad de mentalidades malignas que hayan concebido un ataque de la naturaleza del coronavirus.

Las condiciones que tenemos que enfrentar en el mundo entero, son condiciones que se contraponen, en mayor o en menor intensidad, a la naturaleza consustancial del ser humano.

El sentido gregario del ser humano se ha visto golpeado, consecuentemente, con las medidas implementadas para la protección de la salud. El distanciamiento social implica que tengamos que dejar de lado las manifestaciones normales del afecto entre familiares y amigos, desde el saludo hasta el estilo de compartir espacios, experiencias y emociones.

Todo eso se contrapone y se mantiene en reñida contienda con lo que somos y que, muy a pesar de la pandemia, no hemos dejado de ser. Somos entes eminentemente sociales, es decir, que necesitamos del conglomerado, así como el conglomerado necesita de nosotros.

De ninguna manera decimos esto porque estemos proponiendo el irrespeto o el desacato a todas las disposiciones que, en el propósito de salvaguardar la vida y mantener la seguridad colectiva, han adoptado las autoridades locales y nacionales. Pero, sí vale la pena la reflexión oportuna para entender por qué se hace tan difícil mantener los niveles de protección necesarios.

Todo luce como una marcha contra la corriente, porque nunca estuvimos preparados para vivir en estas condiciones. No podemos salir como lo hacíamos antes; no podemos visitar; no podemos citarnos en un café o en un restaurante; no podemos organizar un paseo; no podemos reunirnos los viejos amigos; no podemos celebrar las fechas trascendentales de la familia, etc. No podemos vivir como hemos vivido normalmente, los seres humanos.

Se habla mucho de un rebrote o segunda ola, la misma que, al parecer, no es real todavía. Sin embargo, el ministro de salud ha mencionado un incremento silencioso de los contagios, lo cual, ya nos preocupa a algunos y a otros nos asusta.

Se dice también, que este incremento silencioso o bullicioso, es una consecuencia directa del relajamiento que se produjo en los feriados de octubre y de noviembre, el cual refleja la conducta normal del colectivo, en el sentido de viajar a su terruño; disfrutar de las playas; aprovechar el tiempo de asueto para un paseo; o simplemente, de reunirse y compartir con los seres más queridos.

Este incremento repito, silencioso o bullicioso, no detiene en lo más mínimo, lo que se viene en los próximos días y que tiene que ver con lo que, tradicionalmente ha sido el mes de diciembre, no sólo aquí, sino en el mundo entero.

Mucha actividad, mucho comercio; está anunciado el VIERNES NEGRO que, esperamos no se convierta en un diciembre negro; se acentuarán las compras para Navidad y también para despedir el 2020 y recibir el 2021. Todo esto implica un relajamiento que, seguramente, traerá sus consecuencias.

Pero, no sólo esto que hemos mencionado. Para el 7 de febrero, el Ecuador deberá concurrir a las urnas. Ese día de las elecciones, por mucho que el Consejo Nacional Electoral aplique su plan de bioseguridad, habrá un relajamiento de grandes proporciones que nos obligará a soportar lo que se pueda derivar de esa jornada democrática especial.

¿Qué pasará en febrero? ¿Qué sucederá entre abril y mayo? Nadie lo puede saber, pero sí lo podemos calcular y ese cálculo nos obliga a extremar medidas personales de cuidado para evitar estos caminos obligados en una marcha que va contra la corriente.