Los golpes que Guayaquil debió soportar en su historia

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Uno de los acontecimientos que golpeó a Guayaquil durante decenios fue la invasión pirata. Esta práctica depredadora de asalto, robo y muerte se hizo presente en el pequeño poblado que se esforzaba por salir adelante, venciendo las inclemencias del clima y los efectos que este ocasionaba en la salud de sus habitantes. Guayaquil fue presa de una arrasadora acción que se instaló por todos los mares para hacer del latrocinio una forma de vida, despojar a las poblaciones de sus bienes y sembrar el miedo como forma encaminada a debilitar a las comunidades ahí asentadas. Ataques piratas sufrieron casi todos los asentamientos ubicados a la orilla de los océanos Pacifico y Atlántico  en esta parte de América. En La Habana se hicieron presente los filibusteros con sus escuadras navales, también lo hicieron en Cartagena de Indias. Sin embargo, al menos en esas dos localidades sus habitantes construyeron verdaderas barreras pétreas que, con el tiempo, disuadieron a los bandidos que se vieron obligados a fijarse en otros destinos. Guayaquil fue uno de ellos y, debido a la falta de muros de contención, el daño sufrido fue mucho mayor. El saqueo debilitó, desde luego, la dinamia de Guayaquil en esas épocas pretéritas y obstruyó su desarrollo económico y su consolidación urbana. Los nombres del pirata inglés Cavendish, del neerlandés Clerk, de los franceses Dampierre, de D·Hout, Picard y Groinet, entre otros, fueron señal de muerte y destrucción desde 1586 hasta 1687.

Los grandes incendios fueron otros de los males que incidieron en los primeros años de la vida urbana de Guayaquil. Los piratas la atacaron y la incendiaron. Y esa fue una de las razones para que hacia 1690 gran parte de su población se trasladara a lo que será la “ciudad nueva”. La “ciudad vieja” permanecerá en las estribaciones del Cerro Santa Ana y la nueva lo hará en la llanura contigua, en la sabana. En 1763 ocurre el incendio denominado “Fuego Grande”, que destruyó gran parte de la Ciudad Nueva y el 5 de octubre de 1896 el “Gran Incendio” que dejó sin hogar a más o menos 60.000 de los habitantes del Puerto.

Otro factor que se hizo presente en los albores urbanos de nuestra ciudad fueron las pestes y enfermedades endémicas que igualmente tornaron, en extremo, difícil el proceso de avance y desarrollo de Guayaquil. De ellas, la fiebre amarilla fue la de mayor contundencia y de resultados catastróficos. En 1842 llegó este mal a bordo de la goleta Reina Victoria que arribaba de Panamá. El gobernador de entonces, y luego presidente de la República Vicente Rocafuerte jugó un papel importante para combatir la epidemia, evitar su irradiación y preservar a la población de sus efectos y de los abusos de quienes se quisieron aprovechar de ella. En efecto Rocafuerte tomó medidas de limpieza y sanitarias y fusiló a los acaparadores y estafadores a quienes no les importaba la vida de la gente.

 En el segundo decenio del siglo XX volvió la fiebre amarilla, y  esos años  serán testigos del sacrificio extremo y del empuje del ánimo guayaquileño para enfrentar a la adversidad e imponerse a sus enormes daños. Guayaquil tomará la iniciativa, a través de grupos de ciudadanos decididos a jugarse su vida y su escasa fortuna para atemperar las consecuencias de las epidemias. Esa enorme voluntad hará posible la presencia de científicos probados en otras latitudes y oportunidades para poner al servicio de la vida porteña sus conocimientos y avances. El caso del médico e investigador japonés Hideo Noguchi es una clara muestra de cómo la sagacidad y oportunidad de los hijos de esta tierra consiguió frenar esos fenómenos que, pese a todo, tuvieron también crueles consecuencias en la vida de esta ciudad y su población. Noguchi logró descubrir la vacuna contra esa epidemia y en 1920, en el mes de diciembre, Guayaquil fue declarada libre de tan destructiva peste.

Todo este sacrificio que copó gran parte de la historia de la ciudad fue escasamente atendido por el poder central. En la defensa de la agresión pirata, en lugar de una presencia de las entidades gubernamentales del entonces gobierno asentado en la ciudad de Quito, estuvieron grupos de hermanos procedentes de otras localidades del país. Es de honor reconocer, por ejemplo, el esfuerzo y sacrificio de un numeroso grupo de jóvenes procedente de Chimbo, perteneciente a  lo que sería luego la provincia de Bolívar, que en forma decidida y heroica se trasladaron hasta nuestro puerto para poner su contingente al servicio de su protección.

Este hecho, muestra de lo que sostenemos: que Guayaquil  surgió y se desarrolló sin la presencia del Estado,  nos lleva a referirnos a una verdad incontrastable: El surgimiento en nuestra ciudad de una actitud de servicio comunitario que, desde entonces, se hizo presente en todos los momentos de dificultad y angustia. El voluntariado, como pasó a denominarse esa forma de proceder y actuar de manera desprendida y humana, se convirtió en un factor más de nuestra identidad. Desde muy temprano surgieron entidades dedicadas a esa labor, y su presencia y proyección han consolidado el comportamiento de solidaridad que forma parte de nuestro modo guayaquileño de ser, de sobrevivir y de vivir. Ahí están la Benemérita Sociedad Filantrópica del Guayas, la Sociedad de Beneficencia de Señoras, La Junta de Beneficencia de Guayaquil, entre otras. Varias de ellas centenarias y, como en el caso de la Junta de Beneficencia, no solo presente en nuestro medio a través de sus áreas de servicio de salud, asistencia, social, educación etc., sino incluso en otras poblaciones del país, como es el caso del Centro Educativo y Asilo Manuel Galecio, de histórica recordación en la ciudad de Alausí. La labor desempeñada por estas instituciones fue el referente para la ampliación y avance de las actividades del voluntariado porteño.

Guayaquil es una realidad marcada por sucesivas desgracias pero fortalecida por el sacrificio y el esfuerzo de sus hijos.