Deberá parecer un sacrilegio lo que se diga, bajo el paraguas analítico y realista de los acontecimientos, frente a las columnas, aparentemente inamovibles de la historia, erigidas en concordancia con una serie de condiciones y circunstancias propias de las coyunturas imperantes en el escenario de los hechos. Pero, como lo que nos interesa es el imperio de la verdad, hay que decir la cosas, en honor a la verdad.
En la época de la colonia, y como consecuencia del sometimiento económico, político, social y cultural que habían ejercido los conquistadores españoles, en virtud de una conquista depredadora, canivalezca y cruel, se había establecido una clasificación social en la que, el último escalón eran los negros traídos como esclavos desde el África y que, no teniendo ningún derecho, eran vendidos como cualquier otra mercancía. Luego se ubicaban los indios nativos que, siendo los auténticos dueños del territorio objeto de la conquista, eran sometidos a toda clase de trabajos forzados en las minas y el agro, recibiendo una paga miserable, pero no tenían las mismas condiciones de los negros esclavos porque estaban catalogados como vasallos del rey de España.
La clase dominante estaba integrada por los criollos o españoles americanos, es decir, aquellos nacidos en América y, los españoles europeos que habían llegado con los propósitos del coloniaje.
Entre los unos y los otros tampoco había igualdad de derechos. Los españoles venidos de Europa tenían supremacía sobre los españoles nacidos en América, es decir, los criollos.
Como antecedente de insurrección en los territorios de la Real Audiencia de Quito que había sido creada por el Rey Felipe II, mediante Cédula Real en 1563, se registra “La Revolución de las Alcabalas” en 1592 contra el excesivo cobro de impuestos a la venta de bienes; y, “La Rebelión de los Estancos” en 1765, que no fue otra cosa que, el rechazo a la creación del monopolio oficial sobre el jugoso negocio de la fabricación de aguardiente.
Bajo estas circunstancias, se arriba al año 1808, en el que Napoleón Bonaparte invadió España, tomó prisionero al Rey Fernando VII y en su lugar puso para que gobernara, a su hermano José, más conocido como “Pepe botellas” por su acentuada adicción al alcohol.
Con la afrenta que esto significaba para los españoles, en Sevilla, el año 1810, se organizó una Junta de Gobierno que tenía el propósito de oponer resistencia al dominio francés sobre los ibéricos.
La influencia que, de todos modos, ejercían los españoles sobre tierras americanas, provocó que esa iniciativa netamente española, se replicara en la América colonial.
Así surgieron también en los virreinatos, audiencias, gobernaciones y capitanías generales, las Juntas de Gobierno que, en primera instancia, se pusieron de manifiesto en la Audiencia de Quito, el 10 de agosto de 1809.
La Junta de Gobierno de Quito, liderada por los chapetones y criollos fue una rebelión de los españoles contra el sometimiento que soportaba España por parte de los franceses. Nunca tuvo raigambre popular, a pesar de que el movimiento contó con el respaldo de una plebe confundida y obligada por las circunstancias. Una plebe que demostraba un sentido de pertenencia, pero con relación a la tierra que siempre había sido suya, a pesar de haber sido arrebatada por la ignominia de la conquista.
El primer grito de la independencia de Quito no levantaba la voz de los indígenas y auténticos nativos de América que, por casi 300 años venían soportando las consecuencias de un coloniaje brutal, sino, la voz de los que, de su condición de dominantes, habían pasado a la condición de dominados.
Como hubiera dicho el inmortal Arturo: “La verdad, aunque duela”.

Lcdo. Enrique Álvarez Jara